Pasaron quizás dos, tres años desde la última vez que lo vi. En ese tiempo, me enteré por ahí de un par de cosas, nada muy relevante: que sigue viviendo donde mismo, que no sé quien lo vio el otro día no sé donde, etcétera. Yo se que todo cambia, el reloj corre y uno también cambia. Con los años envejecemos, es lógico; las canas, las arrugas, todo eso. Me estoy desviando. Hace mucho tiempo que no lo veía en persona.
Iba caminando por la Av. Barroso el otro día y, como siempre, iba apurada porque ya llevaba 15 minutos de retraso para llegar al restorán, mi trabajo. Quise pasar a comprar cigarros pero ni hubo tiempo. Igual lo dudé. Me detuve en un kiosco, conté unas monedas que saqué del bolsillo, miré el reloj y no, no había tiempo. En el momento en que me giré para continuar mi camino, choqué casi de frente con él, ese personaje que no veía hace tres años, a quien quise más que a nadie, a quien luego odié más que a nadie y quien terminó convirtiéndose en nadie. Creo que me reí con esa risa nerviosa que siempre me da cuando algo me sorprende. No teníamos dónde escapar; estábamos frente a frente, no había escapatoria. Yo me reí y quizás como un tic o un reflejo él empezó a peinarse el pelo de la frente, rascándose, como queriendo esconder algo. Lo saludé “hola ¿cómo estás?” “bien, bien ¿y tú?” “¿cómo te ha ido?” blah blah. No pude dejar de mirar su frente. Se esforzaba tanto por taparla que más me llamaba la atención y trataba de mirarla, disimuladamente, cada vez que podía. Sabía que estaba atrasada pero había algo ahí en su cara. Busqué excusas y temas de conversación para retenerlo un momento más ahí donde estábamos. Tenía que descubrir qué era eso que ocultaba. Estoy segura que él lo noto. Considero que sé disimular pero esta vez, yo misma sentí que mi curiosidad ya era muy evidente. Noté incomodidad en sus ojos, en la manera en que hablaba. Se seguía cubriendo la frente, se tapaba innecesariamente de un sol que apenas encandilaba. Se empezó a despedir “¡qué bueno saber de ti, me alegra que estés bien! Blah bla blah”. No podía dejar que se fuera así, sin saber qué había bajo su mano. No aguanté y con mi misma sonrisa nerviosa le pregunté. Se incomodó, lo sé; lo conocí lo suficiente para reconocer esa tonta cara de fastidio y molestia. “Disculpa, no puedo evitar preguntarte ¿qué te pasó en la frente? ¿Tuviste un accidente? Me miró con cara de vergüenza, mucha vergüenza. Yo, inconscientemente, seguía sonriendo, sin intención de burlarme. Todavía.
Me demoré horas en unir las piezas del puzle que tenia por resolver. En realidad estaba todo muy claro pero no reaccioné en el momento. Cuando le pregunté por esa herida que apenas se veía entre sus dedos cada vez que se tapaba, hubo un silencio muy extraño. Nos quedamos mirando un par de segundos y casi me arrepentí de haberle preguntado. Yo seguía sonriendo, esperando una respuesta, pero él no reaccionaba. En ese momento, entendí que había sido una pregunta desubicada. Quizás cambié la cara y dejé de sonreír porque él empezó a bajar su mano sin dejar de mirar el suelo, seguramente porque quería deshacerse de mí lo antes posible. Esa mancha roja y morada con cascaritas de piel seca en el borde, que parecía una costra de algún ataque de acné o de un golpe contra algo o qué se yo, que apenas se veía y que ahora estaba expuesta antes mis ojos con la claridad del sol de mediodía, me dejó sin saber qué decir. Si antes de eso hubo un silencio incómodo, el que hubo cuando pude ver esa herida fue indescriptible. No era solo piel muerta, sangre seca ni materia en descomposición, era el hueso de su frente saliendo y rompiendo tejidos como un cuerno de rinoceronte. Tampoco era un gran cuerno, pero era una especie de pequeño cacho a medio camino en su frente, como un volcancito blanco con costras no más largo que su nariz.
Él siguió mirando el suelo y yo seguía en silencio, mirando impresionada, y un poco asqueada, esa imagen de un hueso podrido en su cara. Levantó la mirada y me encontró boquiabierta, así que disimulé y pestañeé rápido un par de veces, pensando qué decir. No se me ocurrió nada pero él se adelantó y me explicó, con la voz quebrada, que hace casi tres años que cargaba con “eso”. Me contó que un día comenzó como un pequeño grano, nada de otro mundo. Pasaron las semanas y cambió de color, poniéndose más oscuro, como un moretón. Intentó reventarlo pero no era una espinilla, había algo más ahí dentro. Con el paso de los meses creció cada vez más y un día, después de un año, la piel cedió, dejando a la vista el hueso. Usó cremas regeneradoras, le pusieron puntos, pero volvió a pasar lo mismo; la piel no aguantó y nuevamente salió el hueso. “Cosa de tiempo”, pensó, pero pasó un año y el hueso seguía saliéndose. Cada vez que crecía, le rajaba los tejidos y se acumulaba un borde de gruesas costras y materia alrededor del mini cuerno. Terminó por rendirse y ahora vivía con él ahí en su cara. Me dijo que la mayor parte del tiempo usa gorros, que se ha dejado el pelo largo y que ningún tratamiento ha funcionado. Yo lo escuchaba impresionada, tratando de no concentrarme en su frente pero no podía no mirar esa deformación de cráneo en descomposición. Supongo que ese asunto le ha afectado mucho porque le costaba mirarme a los ojos sin que los suyos se le humedecieran. Sentí un poco de lastima (y asco) pero no tenía mucho que decir. Terminó de contarme su historia y volvió a peinarse, tapándose la frente con el pelo. Igual se veía. Nos despedimos y cada uno siguió su camino.
Debo reconocer que este reencuentro me dejó con una sensación de suciedad y un sabor desagradable en la memoria pero, al mismo tiempo, con una gran alegría en el pecho. Hace ya mucho tiempo que cada mal rato que viví a su lado, cada grito, empujón e insulto estaba bajo tierra, en una tumba abandonada en el pasado y, a esta altura, hasta con malezas encima. Verlo tan acabado, viejo y sin luz me hizo sentir bien por fuera y por dentro. Esos tres años pasaron por su vida dejando evidencias del paso del tiempo, mientras yo me seguía sintiendo mejor que nunca. Después de habernos despedido y durante toda la tarde en el trabajo, no pude sacarme la sonrisa de la cara y sentirme alegre sin saber bien por qué. Esa noche, cuando me acosté y empezaba a tratar de dormirme, cerré los ojos y un silencio invadió mi cabeza. Solo podía escuchar mi respiración. De repente, de un salto, me destapé y en un segundo estaba sentada en la cama, con los ojos abiertos. “No puede ser” fue lo único que pude pensar y repetir no sé cuantas veces mientras me puse de pie y corrí al closet, buscando la vieja caja de metal que conservo desde la muerte de mi abuela, como una reliquia. No estaba en el closet, ni en el mueble, ni bajo la cama; tampoco en el entretecho ni en los muebles de cocina. Necesitaba encontrarla en ese mismo momento, tenía que estar por ahí en algún lugar. Corrí al living y en el último cajón del mueble que sostiene la radio y los libros estaba ella, la vieja caja de metal; entre viejas hojas de papel, cajas más pequeñas, monedas, collares, hilos y lápices. La tuve entre mis manos y no pude abrirla; algo me molestaba en el pecho, como si se encogiera algo dentro de mí, secándose como una manzana podrida en cámara no tan lenta. La apoyé sobre el mueble y la abrí, lentamente, con mucho miedo porque sabía lo que había dentro. Dejé la tapa a un lado y ahí estaba el muñeco, envuelto en un paño de tela negra y, esparciendo olor tierra entre mis manos, lo sostuve en silencio, como si hubiera encontrado un fósil o un tesoro.
Lo que pasó a continuación me dejó aun más impactada. Quizás hace años que no soltaba una carcajada como la que expulsé fuera de mí cuando desenvolví el muñequito de trapo y lo vi, con sus 60 alfileres aun clavados en el medio de su pequeña frente de algodón y semillas. Pensé que me estaba volviendo loca, no podía parar de reírme. Lo dejé a un lado y me apoye de espaldas contra el mueble, afirmándome de los cajones, riéndome como hace años no lo hacía. Después de toser, calmarme y respirar, pude volver a tomar el muñeco y observarlo bien: estaba dentro de la caja, entre un par de velas negras, hojas de ya no recuerdo qué planta y una antigua foto suya, encerrado hace casi 3 años y en el olvido hace ya mucho tiempo. Lo acerqué a mí y, recorriendo la tela suavemente, llegué hasta los alfileres, todos clavados el uno al lado del otro, formando algo así como una pequeña estaca, bien apretados entre sí. Y en ese momento todo tuvo sentido; ahora existía una explicación para el misterioso cuerno en la frente. Me senté, con la caja sobre las piernas, sin saber qué hacer. Pensé en desarmarlo o quemarlo, enterrarlo, tirarlo al mar; algo tenía que hacer con él. Esos 60 alfileres estaban clavados con algo más que fuerza para clavar alfileres. Podía sentir rabia, pena y venganza a través de sus frías cabecitas de metal. Miré al pasado con un vacío en el pecho y recordé escenas que ya tenía olvidadas en mi cabeza. Pensé en todas las veces que mentía para defenderlo, temiendo una agresión si no lo hacía. Viví con miedo. Y todo eso no fue suficiente para él: al poco tiempo terminó reemplazándome por alguien más joven y con quien seguramente su vida se volvería más interesante. Me sentí perdida, de alguna manera, pero tenía una rabia enorme en el corazón y ese muñeco era producto de aquella época de mi vida.
Ese ajuste de cuentas sigue ahí, pausado, dentro de la caja de metal, encima del mueble. Cada vez que paso por su lado lo miro como si fuera una lápida en un cementerio o un mueble más, o como si no estuviera. Aun no decido qué hacer con él pero, mientras lo decida, ese muñequito seguirá ahí en la caja y el cuerno seguirá en su frente.
N.H.R